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Observaciones de una estudiante de Psicología

 María José fue alumna nuestra, cuando éramos solo Jardín Infantil. Como podemos apreciar, el trabajo al que se abocó, en el Taller de Observación de la carrera de SICOLOGIA es la MONTAÑA, la famosa montaña que fue y sigue siendo el lugar preferido de los niños y niñas del jardín Infantil.

montaña

 En la MAISON, tenemos la certeza de que los niños educados en un ambiente como el nuestro, desarrollan una percepción más aguda de las cosas. Ven más allá de lo obvio, ya que los objetos reclaman su atención y los obligan a relacionarse para obtenerlos. Nuestro patio es casi una RECURSERÍA, ya que Montaña aparte, los juguetes son carros de supermercados llenos de los más inusitados objetos caseros: unas sartenes abolladas, unos teclados de computador que sirven de perrito, una carcasa de aspiradora....miles de cosas "inútiles" que llegan a terminar sus días con nosotros, junto a juegos ya chicos de las hermanas Espinoza, resbalín recontra reparado y repintado de los hermanos Ahumada.
Nos agradan mucho esos intecambios de saberes que se generan por adultos atentos al devenir de las"personitas" que construyen sus "querer ser" en ese ambiente generoso y creativo.


Agradecemos a María José, la intención de su mirada.

Jeanine Charron


Peñalolen, Abril 2006. 

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  "La Montaña" (I)

Cuando tenía 7 años, apareció la montaña, yo asistía al jardín infantil que años antes, había fundado mi abuela. El proyecto educativo que postulaba, estaba muy ligado al tema ambiental, y una práctica común entre los apoderados, era donar objetos y/o materiales que pudieran ser re-utilizados para el posterior trabajo de los niños y profesores con ellos.

Un día, llegó la montaña. Ésta había sido utilizada para un comercial de televisión, en el cual, un tipo simulaba haber llegado a la cima de un pico perdido en el mundo, no recuerdo con qué objeto. El punto es que, en el patio, estaba esta pieza de utilería cinematográfica, y al igual que todos los niños que en ese tiempo, pertenecían al jardín infantil, me propuse aprovecharla al máximo. Y así se fue deteriorando hasta que por un problema más que nada estético, hubo que terminar de despegar la espuma que nuestros dedos curiosos habían comenzado a sacar desde el mismo día en que llegó la montaña a nuestras vidas.

Tiempo después, nació su reencarnación: claro que esta vez, se trataba de un conjunto de palitos que estaban clavados entre sí de tal forma, que reproducían la forma y tamaño de la montaña. Y hasta el día de hoy, pese a que se ha debido hacer y deshacer varias veces, sigue en pie, llamando a chicos y grandes, a que suban a la parte más alta.
Reconozco que me interés para escoger este objeto de estudio, aparte de la historia que me vincula a él, nace por mi previo conocimiento de que son los niños quienes más se relacionan con ella. Quiero descubrir qué les llama tanto la atención, qué impulsa a los más chicos a treparla por primera vez y cómo, aparte de ser un lugar que pone a prueba las habilidades físicas de quienes pretenden escalarla, se transforma en nave, en barco, en casa, en guarida de power rangers y laberinto. Cómo es capaz de congregar a todos los niños del jardín cuando descubren que en ella vive una araña, un escarabajo o cualquier otro bichito.

 Quiero comprender por qué el mejor lugar para jugar –invariablemente- es ahí, lejos de la mirada (muchas veces sobreprotectora) de los adultos.
Quiero saber cómo es que niños de 2 años, desarrollan las destrezas suficientes como para –a medida que agarran confianza- llegar a la punta y por qué, más de 10 años después, siguen subiendo para “escaparse un ratito del mundo”.

La verdad, es que, a medida que lo pienso, menos me interesa la montaña entendida como estructura aislada. Yo quiero estudiar tanto las interacciones objeto-persona, como las relaciones humanas que se dan en ella y seguir maravillándome con los niños y cómo, con el nivel de acceso a la tecnología-idiotizante que tienen hoy en día, siguen prefiriendo jugar con los carros de supermercado, los sartenes reutilizados, las palitas de jardinería y, por supuesto, la montaña.
 
Desde mi ego, no creo que los resultados de mi observación vayan a sorprenderme mucho, ya que llevo mucho tiempo analizando las relaciones que se dan en ella, porque, poseo la suerte de poder trabajar allí, cada vez que necesitan algún reemplazante. Espero estar equivocada, pero de no ser así, me parece que puede ser un gran aporte para los demás, aproximarse un poco al fantástico universo que los niños son capaces de crear en la montaña.


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María José Fonseca

Primer semestre de Psicología
Universidad Arcis
Taller de Observación I.

 

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Peñalolén, Abril 2006 




 

 
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